Un paseo por Malqata

La visita a Malqata no suele estar incluida en los circuitos turísticos convencionales donde te llevan a recorrer la orilla oeste de Luxor en un tiempo digno del libro Guinness de los records. Pese a que se encuentra a escasos metros del famoso y concurrido templo funerario de Ramsés III en Medinet Habu, muy pocos son los turistas que se acercan hasta Malqata. Tampoco todos los taxistas locales conocen el yacimiento, y lo más probable es que intenten vender al turista un tour completo por otros monumentos más famosos con la excusa de que en Malqata no hay nada… y lo cierto es que no andan del todo desencaminados. Cuando uno llega al “lugar donde se encuentran cosas antiguas” (una traducción aproximada del nombre árabe del yacimiento), se encuentra con una gran extensión de terreno en la que apenas se vislumbra nada. Y es que lo que en su día fue una de las prósperas ciudades fundadas por el gran faraón Amenhotep III, actualmente sus cimientos apenas levantan unos pocos centímetros del suelo. No obstante, merece la pena una visita más detallada del yacimiento.

La gran cantidad de material cerámico de exquisita calidad en la zona no pasó desapercibida a los lugareños, quienes siempre supieron de la existencia del yacimiento arqueológico, pero no fue hasta 1888 cuando M. Georges Daressy fue el primero en investigar y excavar la zona. Posteriormente Tytus y Newberry localizaron el palacio residencial del rey en las campañas de 1901 y 1903, y Petrie demostró que Malqata se había fundado en un asentamiento prácticamente virgen, pues únicamente se hallaron restos de la época Nagada I y II. Desde entonces han pasado por el yacimiento varias misiones: un equipo del Metropolitan Museum de Nueva York trabajó durante la década de 1910 hasta 1920 en la zona; en la década de 1970 la Universidad de Pensilvania centró su interés en la zona portuaria conocida como Birket Habu; y desde 1980 hasta la actualidad son los miembros de la Universidad de Waseda (Japón) quienes están trabajando en toda el área que ocupaba la antigua Ciudad de la Alegría de Amenhotep III.

En las más de 30 hectáreas de terreno que ocupa Malqata, destacan las dependencias reales, salas de audiencias, de festivales, oficinas, etcétera de la sección sudeste, así como las dependencias situadas en el área sur dedicadas a la Gran Esposa Real Tiyi, en el norte las de la hija mayor Sitamón, y dependencias para otras esposas y familiares de orden menor junto con cientos de sirvientes. La ciudad también contaba con un área administrativa, almacenes, talleres artesanales, un muelle con acceso a un canal del río, un barrio obrero y un barrio residencial para las viviendas de personajes cercanos a la corte como el visir y altos oficiales. Un gran lago artificial en forma de T fue construido para deleite y disfrute personal de la reina Tiyi. Destaca también un extraño altar situado en el desierto (conocido hoy como Kom el-Samak) con una plataforma de 20 escalones, posiblemente para celebrar los jubileos del rey. Por supuesto, no podía faltar en Malqata un templo dedicado a Amón, donde aún hoy se pueden ver las basas de las columnas del edificio. El templo estaba unido al muelle por una enorme calzada ceremonial.

Lo más destacable del yacimiento es el palacio real, que al igual que el resto de la ciudad fue construido en ladrillo de adobe. Pese al mal estado actual de la zona por la proximidad de la zona húmeda de cultivo y la poca durabilidad del material de construcción, el trazado del edificio es visible a simple vista, y vasta una mirada más detenida de a la base de los muros de las paredes para presenciar la espléndida y colorida decoración mural del palacio. Los marcos de puertas y ventanas fueron construidos con materiales más duraderos como madera o piedra arenisca, así como los sistemas de drenaje de los baños. El exterior del palacio estaba pintado de blanco, y en el interior destacaban los colores muy vivos como rojos, amarillos, verdes y azules. Los miles de fragmentos que de yeso decorado que cubren hoy día el suelo arcilloso del palacio real de Malqata nos permiten reconstruir gran parte de la decoración. Paredes pintadas con fondo blanco sobre las que destacan los cartuchos con los nombres del rey y su esposa, techos con la figura de la diosa buitre Nejbet, dibujos geométricos de inspiración griega como espirales y cabezas de toro, y una gran variedad de motivos florales, aves y peces, y toda clase de animales exóticos. El lujo decorativo está presente también en los jardines del palacio, donde se observa la elegante distribución de las áreas ajardinadas dispuestas alrededor de un estanque central que permitía el baño.

Malqata no fue la única residencia de Amenhotep III, y su datación todavía no está del todo clara. Se cree que se construyó en torno al año 11 del reinado, y que fue el palacio más frecuentado por la familia real hasta que en torno al año 29 se mudó permanentemente a ella. Se especula también que el hijo del rey, Amenhotep IV (más conocido como Akhenatón), nació y vivió gran parte de su infancia aquí, y que su esposa Nefertiti se mudó a Malqata tras el abandono de Akhetatón. La ciudad siguió habitada hasta época romana y bizantina, como así lo demuestra el templo romano dedicado a Isis o el asentamiento y cementerio de época de Adriano y Trajano en la zona conocida como Deir el-Shalwi.

Actualmente Malqata no es más que una gran zona desierta, muerta, vacía. La zona de cultivo ha comido terreno a lo que fueron pequeños palacios, y el desierto ha borrado las huellas de sus antiguos habitantes. La maleza se hace hueco entre montañas de guijarros y trozos de cerámica donde quiera que mires. Malqata no es ni sombra de lo que fue, pero resulta curioso caminar por lo que en su día fueron calles atestadas de gente, entrar en las salas más sagradas y secretas del templo a las que sólo tenían acceso los altos sacerdotes y el rey. Se te eriza la piel al saber que te encuentras en los aposentos privados de Amenhotep III y Tiyi contemplando lo que queda de las mismas pinturas que ellos eligieron y contemplaron en sus habitaciones. Es fácil dejarse llevar por la magia del lugar y retrotraerse en el tiempo a los días en que la Ciudad de la Alegría era una ciudad viva, llena de color y gente… siempre y cuando no te despierten de tu sueño los cánticos del cercano y pequeño monasterio copto de San Tawdros. Pero eso no hace más que acrecentar el encanto del lugar.

La Ciudad de la Alegría ha dejado camino a la Ciudad donde se encuentran cosas antiguas. La vida ha dejado paso al recuerdo.

Autor: Désirée Domínguez

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