La cachette real de Deir el-Bahari, DB320

El 15 de junio de 1881, el vapor perteneciente al Servicio de Antigüedades Egipcias partía de Luxor hacia el Museo de Bulaq en El Cairo con una excepcional carga: nada menos que las momias y sarcófagos de 40 reyes y sacerdotes egipcios, junto con parte de sus ajuares funerarios. Entre los ilustres pasajeros del vapor se encontraban algunos de los más influyentes reyes del Imperio Nuevo egipcio. Se cuenta que durante el viaje a El Cairo, los habitantes de los pueblos de las orillas del Nilo salían al encuentro del vapor haciendo públicas las demostraciones más frenéticas de duelo, su particular manera de dar el último adiós a los que un día fueron los grandes monarcas de su país.

Dibujo que representa el traslado del material de la cachette de Deir el-Bahari. (1881)
Dibujo que representa el traslado del material de la cachette de Deir el-Bahari. (1881)

Cuando el barco llegó a El Cairo, el funcionario de aduanas debió quedarse perplejo ante la carga transportada. En sus listas de aranceles no figuraban por ningún lado ‘momias de reyes’, ‘sarcófagos con momias’, ni nada por el estilo, así que al final decidió anotar la entrada de estos ilustres reyes en suelo cairota como si se tratara de ‘pescado seco’, una especialidad culinaria egipcia. Con su llegada al Museo de Bulaq, acababa un largo periplo que había mantenido en vilo a las autoridades egipcias y al grueso del mercado negro de antigüedades, más concretamente una familia de la localidad de Gurna, la familia Abd er-Rassul.

HISTORIA DE UN SAQUEO

El mercado negro de antigüedades egipcias siempre ha estado activo, unas veces con mayor fortuna y otras con menor, pero siempre ha habido pequeños hallazgos que han sido del agrado de turistas y coleccionistas caprichosos. En 1870 comenzaron a aparecer en el mercado impresionantes papiros funerarios de excelente calidad, correas de piel de las que suelen envolver a las momias, vasos decorados, etc. Los antiguos dueños de esos objetos coincidieron ser todos miembros de la misma familia real de la dinastía XXI. Era evidente que una tumba real había sido hallada.

Planta de la DB320. (Nadezhda Reshetnikova, Russian Academy of Sciences)
Planta de la DB320. (Nadezhda Reshetnikova, Russian Academy of Sciences)

Auguste Mariette, director del Servicio de Antigüedades en aquella época, adquirió el papiro destinado como Libro de los Muertos a la reina Henttawy, pero pese a sus intentos por sonsacar información sobre la nueva tumba, no consiguió hacerse con su paradero. Tras su muerte en 1881, Gaston Maspero le sucedió en el cargo, y éste retomó la búsqueda. Todos los indicios apuntaban en la misma dirección: la familia Abd er-Rassul. Duros interrogatorios, registros, dos meses de cárcel y la amenaza de futuros interrogatorios más duros aún consiguieron que al final Mohammed, uno de los hermanos, contara al bajá lo que ya todos sabían. La familia había encontrado diez años atrás una tumba con multitud de ataúdes, momias y piezas funerarias, las cuales había estado vendiendo en el mercado negro poco a poco. Mohammed ‘vendió’ el secreto de la tumba por 500 libras esterlinas y un puesto como capataz de las excavaciones del museo en Tebas, no sin antes hacer una última visita a la tumba para extraer nuevas piezas. El bajá Daud ordenó una inspección de la ‘Nueva Casa Blanca’, propiedad de la familia, y allí se encontraron más papiros funerarios que los Abd er-Rassul sin duda pretendían vender.

Maspero se encontraba en ese momento en París, pero su colaborador Émile Brugsch contaba con plenos poderos en su ausencia. Fue así como dos días más tarde de la confesión, el 6 de junio, Mohammed y un grupo de obreros condujeron a Brugsch y dos de sus colaboradores a la tumba.

REDESCUBRIMIENTO DE LA CACHETTE

La tumba que había servido como escondrijo real se hallaba detrás de la colina de Gurna, en uno de los extremos del circo de Deir el-Bahari. La entrada a la tumba es un pozo de unos 3 metros de largo por 2’5 de ancho, y casi 13 metros de profundidad. No es difícil imaginar por qué el lugar fue elegido como escondite, se halla oculto en una hondonada, justo debajo de una chimenea natural de 45 metros de altura, que llega hasta la cima de los cerros.

Visita de Gaston Maspero (derecha) y Ahmed Kemal, del Servicio de Antigüedades (centro) a la DB320 junto a Mohammed Adb er-Rassul (de blanco) después de que las momias hubieran sido retiradas.
Visita de Gaston Maspero (derecha) y Ahmed Kemal, del Servicio de Antigüedades (centro) a la DB320 junto a Mohammed Adb er-Rassul (de blanco) después de que las momias hubieran sido retiradas.

Los obreros de Mohammed colocaron un tronco atravesado del que colgaba una soga sobre el pozo, descendieron, y en pocos minutos la entrada a la tumba se hallaba despejada para que Brugsch y su equipo pudieran entrar. No les debió resultar fácil el acceso, ya que los 90 cm de altura del corredor de entrada obligaban a caminar de rodillas, y los ataúdes amontonados en el pasillo dejaban muy poco espacio libre. La primera visión de Brugsch fue un ataúd blanco decorado en amarillo en el que pudo leer el nombre de su propietario, el sacerdote Nebseni. Tras éste aparecían otros tres ataúdes de mejor calidad, el primero de ellos perteneciente a la reina Ahmés-Inhapi (esposa de Sekenenra-Tao II), junto al de Hentawy (esposa de Pinedjem I y madre de Psusennes I) y el de Seti I. A medida que Brugsch avanzaba por el corredor, la luz que llegaba del exterior era menor, así que tuvo que encender una vela para poder seguir con su inspección. No daba crédito a lo que veía, pese a tratarse de una tumba ya saqueada Brugsch sólo veía ataúdes amontonados, cofres canopes, cajas de ushebtis y vasos de libaciones por todas partes. Un objeto en particular llamó su atención, se trataba de una tienda usada en el enterramiento de la princesa Isetemkheb, hecha de delicada piel de gacela y decorada en verde, rojo y azul. Llegado a cierto punto el corredor giraba a la derecha y la altura del mismo aumentaba permitiendo caminar de pie. Este segundo corredor era mucho más largo que el primero, y pese a ser más cómodo que el anterior, la cantidad de objetos en el suelo irregular hacía difícil el acceso. Tras bajar unos escalones en el corredor se abría un pequeño nicho de unos 5 metros, atestado también de ataúdes, algunos de proporciones colosales. Entre los huéspedes de este pasillo se encontraban reyes del Imperio Nuevo tan insignes como Ramsés I, II y III, Tutmosis I, II y III, Ahmosis o la reina Ahmés-Nefertari. Brugsch no salía de su asombro, su admiración crecía al tiempo que su vela iba de sarcófago en sarcófago iluminando los nombres reales. Por miedo a poder causar una catástrofe con las velas y el aire enrarecido, Brugsch decidió salir al exterior y pensar en el mejor modo de actuación para sacar el contenido de la tumba. Cuando volvió a la tumba para seguir con la exploración y llegó a la última cámara de la tumba, de unos 4 metros de largo por 6 de ancho, se encontró con los ataúdes de una decena de miembros de la familia real de Pinedjem II.

Tramo de escaleras que conducen al corredor F y al nicho. (Fuente: Institut für Ägyptologie und Koptologie, Münster)
Tramo de escaleras que conducen al corredor F y al nicho. (Fuente: Institut für Ägyptologie und Koptologie, Münster)

En el plazo de seis días 300 obreros sacaron y embalaron los 40 ataúdes y más de 5.900 objetos hallados en el interior de la cachette y fueron embarcados rumbo a El Cairo. Resulta increíble que Brugsch no realizara ninguna fotografía ni esquema de la posición de los objetos en la tumba. Tiempo más tarde escribió un informe “fiel a sus recuerdos” para Maspero. Lo que está claro es que en la tumba hay dos tipos de momias: las de los faraones y nobles que fueron enterrados en sus respectivas tumbas del Valle de los Reyes (tras el saqueo, los sacerdotes decidieron restaurarlas y darles un nuevo enterramiento), y las de los sacerdotes responsables de los reenterramientos junto con sus familiares (posiblemente los miembros de la familia de Pinedjem II). Aún así son todavía muchas las preguntas sin respuesta sobre esta misteriosa tumba utilizada como escondrijo real: ¿quién es el propietario de la tumba?, ¿cuál era la posición original de los ataúdes?, ¿qué ataúdes cambiaron de lugar los hermanos Abd er-Rassul y movieron hacia los corredores?, ¿qué ponía en las inscripciones hieráticas de las paredes que se han perdido?…

INTENTOS POR RECONSTRUIR LA HISTORIA DE LA CACHETTE

Como las notas dejadas por Brugsch conforme a sus recuerdos no son base suficiente para dar respuesta a todas las preguntas anteriores, los especialistas recurren a la información que los sacerdotes que se encargaron de la restauración y traslado de los reyes dejaron por escrito sobre los ataúdes y nuevos sudarios, o los grafitos que estas mismas comisiones dejaron en las paredes. Esto no es fácil, ya que algunas momias se encontraban en ataúdes que no les correspondían y se cree que algunas de ellas están mal identificadas. Los expertos no se ponen de acuerdo a la hora de reconstruir la historia de lo que debió ocurrir en la cachette.

Algunos de los objetos rescatados de la DB320.
Algunos de los objetos rescatados de la DB320.

En 1919 una expedición del Metropolitan Museum de New York intentó estudiar la tumba y aportar nueva luz, pero lamentablemente no fue posible, ya que techos y paredes se habían derrumbado. En 1938, el Instituto Francés de El Cairo limpió el acceso al pozo con la intención de copiar las inscripciones que hacían referencia al enterramiento de Neskhons y Pinedjem, pero poco se pudo hacer salvo copiar lo que quedaba de una de ellas. No ha sido hasta 1998, cuando una misión compartida de la Russian Academy of Sciences y la Universidad de Münster ha limpiado completamente la tumba (1998-2006), encontrando fragmentos de piezas dejados atrás por Brugsch y nuevas marcas de cantero desconocidas hasta ahora. Con el estudio comparativo de estas piezas y las trasladadas al museo en 1881, los mapas y medidas correctas se espera poder conocer con mayor detalle qué fue exactamente lo que ocurrió en esta peculiar tumba, quiénes fueron sus ocupantes originales y la secuencia cronológica en que se fueron depositando en la tumba los nuevos huéspedes.

Autor: Désirée Domínguez

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