El origen de la Biblioteca de Alejandría

A principios  del siglo III a.C,. tras más de 20 años de constante incertidumbre por saber quiénes iban a conseguir una porción del imperio del difunto Alejandro Magno, Oriente Próximo había conseguido un cierto equilibrio con la creación de tres grandes estados: Macedonia, el imperio seléucida y el reino ptolemaico. En Egipto, Ptolomeo I Sóter iniciaba una nueva dinastía de faraones que tendría a Alejandría, la ciudad fundada por el gran Alejandro, como centro cultural y de poder de todo Egipto, y que hizo que el país del Nilo mirase hacia el Mediterráneo. Y si hubo dos edificaciones que destacaron en la capital ptolemaica esas fueron su famoso faro y la gran biblioteca, siendo esta segunda el objetivo de este artículo.

No se puede decir que la biblioteca de Alejandría tuviera una concepción fuera de lo común dentro de la antigüedad clásica. Las ciudades-estado helénicas ya favorecían, dentro de sus posibilidades económicas, la proliferación de las artes y las ciencias entre sus ciudadanos, y pese a la enemistad entre dichas ciudades-estado, estos objetivos culturales comunes fueron los que dieron una cierta cohesión a la antigua Grecia. Y para la consecución de éstos, una buena biblioteca que incluyera a los grandes clásicos de la antigüedad griega era totalmente imprescindible.

En esta época, la captura de una de estas ciudades por sus vecinos traía, además de la gloria y el botín económico, un enriquecimiento cultural, con la adhesión de nuevos volúmenes, fruto del saqueo, a sus respectivas bibliotecas. Si bien es cierto que debido al tamaño y posibilidades económicas de estas ciudades-estado, en ocasiones bibliotecas de uso particular, como la de Aristóteles, fueron mucho más importantes que las estatales.

Pero estas ciudades-estado de la antigua Grecia no fueron, ni mucho menos, las pioneras o las únicas que disponían de bibliotecas o salas especiales donde almacenar textos antiguos. Ya en el siglo XII a.C., el rey asirio Tiglatpileser I disponía en el templo de Asur (principal dios asirio) en la ciudad de Asur de una colección de tablillas de cerámica con al menos un centenar de obras diferentes. Estas tablillas contenían principalmente textos profesionales imprescindibles para escribas y sacerdotes, y cuyos temas abarcaban desde presagios, a formas de adivinación, sacrificios de animales, acontecimientos naturales, o listas de vocabularios, de plantas, de árboles, animales, dioses, etc.

Sin embargo, cabe considerar como la primera gran biblioteca de la historia a aquella que creara el también rey asirio Asurbanipal, ya en el siglo VII a.C., en la ciudad de Nínive. Todo parece indicar que se trataba de una biblioteca de uso personal recopilada durante el casi medio siglo de su reinado. Entre las tablillas encontradas destacan los textos de la épica de Gilgamesh, el mito de la Creación y muchas de las obras más famosas del Próximo Oriente antiguo que hoy conocemos.

En Egipto tampoco puede considerarse que la biblioteca de Alejandría fuera la primera. Existen antecedentes egipcios en las Casas de Vida, instituciones culturales de carácter sacerdotal, como por ejemplo la biblioteca del templo de Edfú o una supuesta biblioteca situada en el Ramesseum que menciona Hecateo de Abdera (siglo IV a.C.) en un texto citado posteriormente por Diodoro Sículo en el siglo I a.C. Entonces, ¿qué hizo que la biblioteca de Alejandría sea considerada hoy en día como la gran biblioteca de la antigüedad?

Ptolomeo I Sóter y su sucesor, Ptolomeo II Filadelfo, fueron los verdaderos creadores e impulsores de las instituciones culturales lágidas. Como en las ciudades-estado griegas, Ptolomeo quiso hacer de Alejandría una capital cultural, pero contaba con dos condicionantes que hicieron que este sueño fuera adelante hasta límites insospechados. Primero, Egipto era un país mucho más rico que los territorios colindantes o próximos gracias a sus importantes cosechas de cereal. Esto hizo que Ptolomeo pudiera destinar grandes cantidades de recursos a estos menesteres. Segundo, era el mayor productor de papiro y este, a su vez, era el material por excelencia en aquella época para la escritura.

Ptolomeo quiso reunir a su alrededor, en Alejandría, a todas las mentes más brillantes de la época, y para ello comenzó a incentivar a los intelectuales de todo el mundo para que se trasladaran a la nueva capital egipcia. Una de las primeras cosas que hizo fue fundar un “Museo” en la ciudad, que no es más, podríamos decir, que un centro de investigación. En la antigüedad un Museo no era sino un lugar donde adorar a las musas, divinidades que presiden la memoria y las actividades del espíritu, y Ptolomeo pretendía que dicho Museo fuera un lugar para cultivar las artes que las musas simbolizan. El nuevo faraón atrajo a los más famosos eruditos para que residieran en el Museo mediante promesas de un importante salario, exención de impuestos y vivienda y alimento gratuito durante toda la vida. Poco a poco fueron llegando hasta Alejandría sabios e investigadores de todas las ramas de la ciencia: medicina, zoología, astronomía, filosofía, cartografía, geografía, etc.

En la época ptolemaica recalaron en Alejandría sabios tan importantes como Euclides y el físico Estratón, de Atenas, el geógrafo Eratóstenes, que hizo uno de los cálculos más exactos de la circunferencia de la tierra o Herófilo, considerado el pionero de la anatomía. Incluso Arquímedes residió durante algún tiempo allí.

Y para atraer a este tipo de intelectuales también era necesario disponer de una importante biblioteca donde pudieran consultar cualquier texto escrito hasta la fecha, y así se concibió la creación de la biblioteca.

Ptolomeo I dotó tanto al Museo como a la biblioteca de fondos casi ilimitados desde su creación. Las nuevas instalaciones se emplazaron en un área del Palacio e incluso se habilitó una gran sala para que los eruditos pudieran comer todos juntos y así poder seguir discutiendo durante el período de la comida. Pronto se comenzó a referir al Museo como la “jaula de pájaros de las musas”. En tiempos de Ptolomeo III ya existían en la ciudad dos bibliotecas, la del Museo y una filial ubicada en el santuario del dios Serapis, cerca del Palacio. Ambas bibliotecas no disponían de un edificio propio, sino que ocupaban un espacio en el Palacio y el santuario. Poco sabemos sobre cómo eran ambas, aunque es probable que dispusieran de salas utilizadas para guardar los textos en papiro y un pórtico donde pudieran estar los lectores.

Pero, ¿qué sería de una biblioteca sin libros? La adquisición de los libros iba a ser una tarea muy costosa pues en Egipto apenas si se podía encontrar textos o documentos en griego. Para ello la administración ptolemaica envió emisarios repletos de dinero a multitud de ciudades de otros países con el fin de comprar copias de textos de cualquier materia, y a ser posible que la copia fuera lo más antigua para que tuviera un menor número de errores de copiado. Ptolomeo II puso especial interés en recopilar la mayor cantidad de textos clásicos atenienses, consiguiendo, por ejemplo, una de las mayores y más valiosas colecciones de textos de Homero. Para conseguir libros de una forma más rápida se decidió requisar en el puerto todos los libros que llegaban, haciéndose posteriormente copias para entregarlas a los propietarios y quedándose la biblioteca con los originales. Incluso a veces se recurrió a la estafa, como en la época de Ptolomeo III, que se solicitaron a Atenas los originales de textos muy valiosos con el propósito de copiarlos, sólo que cuando finalizó el trabajo de copiado no se devolvieron los originales, sino las copias.

La biblioteca de Alejandría llegó a disponer, al parecer, de casi un millón de textos cuando Marco Antonio donó a Cleopatra 200.000 volúmenes procedentes de la biblioteca de Pérgamo. Había un cargo de bibliotecario, encargado de la catalogación de los libros, siendo el primero Zenódoto de Éfeso.

Hoy en día se desconoce hasta qué época estuvo activa y cómo desapareció, aunque sí parece demostrado que durante la guerra alejandrina de Julio César, el incendio que se produjo no afectó a la biblioteca, sino a unos almacenes del puerto donde había multitud de libros que iban a ser embarcados rumbo a Roma.

A principios  del siglo III a.C,. tras más de 20 años de constante incertidumbre por saber quiénes iban a conseguir una porción del imperio del difunto Alejandro Magno, Oriente Próximo había conseguido un cierto equilibrio con la creación de tres grandes estados: Macedonia, el imperio seléucida y el reino ptolemaico. En Egipto, Ptolomeo I Sóter iniciaba una nueva dinastía de faraones que tendría a Alejandría, la ciudad fundada por el gran Alejandro, como centro cultural y de poder de todo Egipto, y que hizo que el país del Nilo mirase hacia el Mediterráneo. Y si hubo dos edificaciones que destacaron en la capital ptolemaica esas fueron su famoso faro y la gran biblioteca, siendo esta segunda el objetivo de este artículo.

No se puede decir que la biblioteca de Alejandría tuviera una concepción fuera de lo común dentro de la antigüedad clásica. Las ciudades-estado helénicas ya favorecían, dentro de sus posibilidades económicas, la proliferación de las artes y las ciencias entre sus ciudadanos, y pese a la enemistad entre dichas ciudades-estado, estos objetivos culturales comunes fueron los que dieron una cierta cohesión a la antigua Grecia. Y para la consecución de éstos, una buena biblioteca que incluyera a los grandes clásicos de la antigüedad griega era totalmente imprescindible.

En esta época, la captura de una de estas ciudades por sus vecinos traía, además de la gloria y el botín económico, un enriquecimiento cultural, con la adhesión de nuevos volúmenes, fruto del saqueo, a sus respectivas bibliotecas. Si bien es cierto que debido al tamaño y posibilidades económicas de estas ciudades-estado, en ocasiones bibliotecas de uso particular, como la de Aristóteles, fueron mucho más importantes que las estatales.

Pero estas ciudades-estado de la antigua Grecia no fueron, ni mucho menos, las pioneras o las únicas que disponían de bibliotecas o salas especiales donde almacenar textos antiguos. Ya en el siglo XII a.C., el rey asirio Tiglatpileser I disponía en el templo de Asur (principal dios asirio) en la ciudad de Asur de una colección de tablillas de cerámica con al menos un centenar de obras diferentes(1). Estas tablillas contenían principalmente textos profesionales imprescindibles para escribas y sacerdotes, y cuyos temas abarcaban desde presagios, a formas de adivinación, sacrificios de animales, acontecimientos naturales, o listas de vocabularios, de plantas, de árboles, animales, dioses, etc.

Sin embargo, cabe considerar como la primera gran biblioteca de la historia a aquella que creara el también rey asirio Asurbanipal, ya en el siglo VII a.C., en la ciudad de Nínive(2). Todo parece indicar que se trataba de una biblioteca de uso personal recopilada durante el casi medio siglo de su reinado. Entre las tablillas encontradas destacan los textos de la épica de Gilgamesh, el mito de la Creación y muchas de las obras más famosas del Próximo Oriente antiguo que hoy conocemos.

En Egipto tampoco puede considerarse que la biblioteca de Alejandría fuera la primera. Existen antecedentes egipcios en las Casas de Vida, instituciones culturales de carácter sacerdotal, como por ejemplo la biblioteca del templo de Edfú o una supuesta biblioteca situada en el Ramesseum que menciona Hecateo de Abdera (siglo IV a.C.) en un texto citado posteriormente por Diodoro Sículo en el siglo I a.C. Entonces, ¿qué hizo que la biblioteca de Alejandría sea considerada hoy en día como la gran biblioteca de la antigüedad?

Inscripción del año 56 d.C. dedicada a Tiberius Claudius Babillus que hace referencia a la biblioteca de Alejandría. (Fuente: “Forschungen in Ephesos”, Vol. III, Vienna, 1923)
Inscripción del año 56 d.C. dedicada a Tiberius Claudius Babillus que hace referencia a la biblioteca de Alejandría. (Fuente: “Forschungen in Ephesos”, Vol. III, Vienna, 1923)

Ptolomeo I Sóter y su sucesor, Ptolomeo II Filadelfo, fueron los verdaderos creadores e impulsores de las instituciones culturales lágidas. Como en las ciudades-estado griegas, Ptolomeo quiso hacer de Alejandría una capital cultural, pero contaba con dos condicionantes que hicieron que este sueño fuera adelante hasta límites insospechados. Primero, Egipto era un país mucho más rico que los territorios colindantes o próximos gracias a sus importantes cosechas de cereal. Esto hizo que Ptolomeo pudiera destinar grandes cantidades de recursos a estos menesteres. Segundo, era el mayor productor de papiro y este, a su vez, era el material por excelencia en aquella época para la escritura.

Ptolomeo quiso reunir a su alrededor, en Alejandría, a todas las mentes más brillantes de la época, y para ello comenzó a incentivar a los intelectuales de todo el mundo para que se trasladaran a la nueva capital egipcia. Una de las primeras cosas que hizo fue fundar un “Museo” en la ciudad, que no es más, podríamos decir, que un centro de investigación. En la antigüedad un Museo no era sino un lugar donde adorar a las musas, divinidades que presiden la memoria y las actividades del espíritu, y Ptolomeo pretendía que dicho Museo fuera un lugar para cultivar las artes que las musas simbolizan. El nuevo faraón atrajo a los más famosos eruditos para que residieran en el Museo mediante promesas de un importante salario, exención de impuestos y vivienda y alimento gratuito durante toda la vida. Poco a poco fueron llegando hasta Alejandría sabios e investigadores de todas las ramas de la ciencia: medicina, zoología, astronomía, filosofía, cartografía, geografía, etc.

En la época ptolemaica recalaron en Alejandría sabios tan importantes como Euclides y el físico Estratón, de Atenas, el geógrafo Eratóstenes, que hizo uno de los cálculos más exactos de la circunferencia de la tierra o Herófilo, considerado el pionero de la anatomía. Incluso Arquímedes residió durante algún tiempo allí.

Y para atraer a este tipo de intelectuales también era necesario disponer de una importante biblioteca donde pudieran consultar cualquier texto escrito hasta la fecha, y así se concibió la creación de la biblioteca.

Ptolomeo I dotó tanto al Museo como a la biblioteca de fondos casi ilimitados desde su creación. Las nuevas instalaciones se emplazaron en un área del Palacio e incluso se habilitó una gran sala para que los eruditos pudieran comer todos juntos y así poder seguir discutiendo durante el período de la comida. Pronto se comenzó a referir al Museo como la “jaula de pájaros de las musas”. En tiempos de Ptolomeo III ya existían en la ciudad dos bibliotecas, la del Museo y una filial ubicada en el santuario del dios Serapis, cerca del Palacio. Ambas bibliotecas no disponían de un edificio propio, sino que ocupaban un espacio en el Palacio y el santuario. Poco sabemos sobre cómo eran ambas, aunque es probable que dispusieran de salas utilizadas para guardar los textos en papiro y un pórtico donde pudieran estar los lectores.

Pero, ¿qué sería de una biblioteca sin libros? La adquisición de los libros iba a ser una tarea muy costosa pues en Egipto apenas si se podía encontrar textos o documentos en griego. Para ello la administración ptolemaica envió emisarios repletos de dinero a multitud de ciudades de otros países con el fin de comprar copias de textos de cualquier materia, y a ser posible que la copia fuera lo más antigua para que tuviera un menor número de errores de copiado. Ptolomeo II puso especial interés en recopilar la mayor cantidad de textos clásicos atenienses, consiguiendo, por ejemplo, una de las mayores y más valiosas colecciones de textos de Homero. Para conseguir libros de una forma más rápida se decidió requisar en el puerto todos los libros que llegaban, haciéndose posteriormente copias para entregarlas a los propietarios y quedándose la biblioteca con los originales. Incluso a veces se recurrió a la estafa, como en la época de Ptolomeo III, que se solicitaron a Atenas los originales de textos muy valiosos con el propósito de copiarlos, sólo que cuando finalizó el trabajo de copiado no se devolvieron los originales, sino las copias.

La biblioteca de Alejandría llegó a disponer, al parecer, de casi un millón de textos cuando Marco Antonio donó a Cleopatra 200.000 volúmenes procedentes de la biblioteca de Pérgamo. Había un cargo de bibliotecario, encargado de la catalogación de los libros, siendo el primero Zenódoto de Éfeso.

Hoy en día se desconoce hasta qué época estuvo activa y cómo desapareció, aunque sí parece demostrado que durante la guerra alejandrina de Julio César, el incendio que se produjo no afectó a la biblioteca, sino a unos almacenes del puerto donde había multitud de libros que iban a ser embarcados rumbo a Roma.

Autor: José Hurtado

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