Egipto, provincia de Roma

Año 273 a.C., Ptolomeo II Filadelfo envía a Roma una embajada con el fin de establecer relaciones diplomáticas y firmar diferentes tratados de paz entre ambos países. Roma comenzaba a jugar un papel cada vez más importante en el Mediterráneo occidental y Egipto lo sabía. La ciudad de las siete colinas, Roma, iniciaba una carrera imparable que le llevaría a controlar todo el Mediterráneo dos siglos y medio más tarde. Egipto, por su parte, disfrutaba de sus últimos años de independencia. Nadie podía sospechar que 240 años después de aquella embajada Egipto pasaría a ser una provincia más del recién establecido Imperio Romano.

En esta serie de artículos iremos, poco a poco, acompañando la espectacular proyección de Roma en un Mediterráneo lleno de disputas de índole político, económico y territorial entre las diferentes potencias que en él habitaron. Analizaremos el paralelismo histórico de egipcios y romanos, así como las diferentes interrelaciones que se fueron produciendo y la progresiva dependencia de los reyes lágidas con el senado y los cónsules romanos. Finalizaremos con el total sometimiento de Egipto y del resto de reinos coetáneos ante la fuerza de los líderes y las legiones romanas que llegaron a unificar bajo una misma cultura, la latina, todo el Mediterráneo y al cual no dudaron en llamar el Mare Nostrum.

El Mediterráneo oriental tras la muerte de Alejandro Magno

Cuando el joven macedonio Alejandro entró con sus tropas en Egipto, en 332 a.C., pocos entre los egipcios lo vieron como un invasor y sí como un libertador frente al control persa que en aquel momento existía en el país del Nilo.

Los tres siglos anteriores a la llegada de Alejandro fueron difíciles para un Egipto que sufrió dos sometimientos al poderío persa y donde las tensiones políticas entre los países de la zona estaban íntimamente ligadas al espíritu de expansión de sus líderes, aunque en muchas ocasiones los problemas en el seno de sus territorios limitaban sus aspiraciones.

El Segundo Periodo Persa en Egipto (343–332 a.C.) había sido especialmente trágico para el pueblo egipcio. Fue continua la incompetencia entre los funcionarios y administradores colocados por el gobierno persa, así como la brutalidad con que actuaban, saqueando los templos, destruyendo los campos, violando a las mujeres o desmantelando las defensas de las ciudades egipcias. Los diferentes intentos de insurrección egipcios frente a los invasores no produjeron al final excesivos logros, quizás el más importante fue la rebelión encabezada por Khababash (339/338 a.C.) quien llegó incluso a reclamar el título de faraón tras conseguir un control parcial del país. Pero el poderío económico y militar de los persas siempre imposibilitó el éxito de estas acciones pese a la dificultad que tuvieron de mantener bajo su control una tierra tan distante como era Egipto.

Con la llegada y “liberación” de Egipto por parte de Alejandro Magno, el país del Nilo pasó a formar parte del importante Imperio Macedonio que estaba surgiendo. Antes de continuar su camino de conquistas, en 331 a.C., Alejandro tuvo que encargarse de establecer un gobierno y reestructurar su nueva provincia. Para ello confió al egipcio Doloaspis la administración del país. A Cleomenes de Naucratis le dejó encargado de la recaudación de impuestos. Dos oficiales suyos ocuparon el mando del ejército, Penkestas y Baladros. Y por último Pelotón pasó a controlar de forma independiente la armada. Mediante esta división estratégica de poderes Alejandro evitaba que una sola persona dispusiera del control y los recursos del país. Antes de marchar fue coronado en el templo de Ptah de Menfis reafirmando su condición de faraón de Egipto.

Muerte de Alejandro y división de su Imperio

Sin lugar a dudas la ambiciosa empresa militar de Alejandro supuso la mayor unificación política y cultural del Mediterráneo oriental hasta la fecha, pero igual de grande fue el caos que vivió el Mediterráneo tras su inesperada y precipitada muerte en junio de 323 a.C. Durante más de 40 años los lugartenientes de Alejandro, y posteriormente sus descendientes, se enfrentaron en una encarnizaba batalla de sucesión, primero para hacerse con el control de todas las conquistas de Alejandro y después, viendo la imposibilidad de que tan sólo uno gobernara, para conseguir una porción lo más grande posible del suculento pastel. La estabilidad tras esta Guerra de Sucesión no llegaría hasta el 280 a.C. cuando, fruto del reparto, en el Mediterráneo helenístico surgieron tres grandes potencias que iban a ser las protagonistas de las posteriores luchas por la hegemonía del Mediterráneo oriental: Macedonia, al norte, con la mirada siempre puesta en sus vecinos griegos; el Imperio Seleúcida, al este, que comprendía Siria y Mesopotamia; y el Imperio Ptolemaico, al sur, que centralizaba su poder en Egipto y la Cirenaica. Las tensiones y las campañas bélicas fueron constantes entre ellos durante los años siguientes. Algunos historiadores han visto más un impulso de autoafirmación antes que cuestiones de control político o militar a la hora de intentar entender esta rivalidad.

Distribución de las tres grandes potencias del Mediterráneo oriental en el año 240 a.C. (Mapa del autor)
Distribución de las tres grandes potencias del Mediterráneo oriental en el año 240 a.C. (Mapa del autor)

El Mediterráneo occidental, la aparición de Roma

Dos siglos antes de la campaña de Alejandro contra los persas, el Mediterráneo occidental, que podríamos hacerlo corresponder con el territorio que comprende desde la península Itálica hasta la costa oriental de la península Ibérica, vivía bajo la influencia, que no hegemonía, de tres potencias: Cartago en la parte meridional con dominio de parte de Sicilia y de Cerdeña; las colonias griegas establecidas principalmente en Sicilia, el sur de la península Itálica y las costas de Francia y Cataluña; y por último la liga Etrusca en la costa occidental de la península Itálica.

Roma, por aquel entonces (siglo VI a.C.), no pasaba de ser una simple ciudad-estado próxima a la desembocadura del río Tíber y cuyo territorio abarcaba aproximadamente 240 km². Resulta interesante recalcar este dato, puesto que a principios del siglo IV a.C. Roma apenas había crecido y los problemas internos hacían presagiar un futuro incierto. Sus éxitos militares se limitaban a la ocupación de la orilla derecha del Tíber y la anexión de Fidenae en 426 a.C. Pese a todo, años más tarde, Roma logró duplicar su territorio tras el largo asedio y la ocupación de la ciudad etrusca de Veyes (396 a.C.), una ciudad situada a tan sólo 17 km de Roma.

Principales áreas de influencia en Italia en el siglo VI a.C. (Mapa del autor basado en J. M. Roldán, 1999, Historia de Roma. Cátedra p. 35)
Principales áreas de influencia en Italia en el siglo VI a.C. (Mapa del autor basado en J. M. Roldán, 1999, Historia de Roma. Cátedra p. 35)

La anexión de Veyes por Roma puso en evidencia los problemas que Etruria estaba sufriendo por aquella época con las tribus galas amenazantes en los límites de sus dominios y con una auténtica falta de espíritu nacional entre las ciudades etruscas. En este último punto cabe resaltar que durante el asedio de Roma a Veyes, que según las fuentes clásicas duró diez años (406–396 a.C.), el resto de ciudades etruscas estuvieron totalmente inactivas asistiendo impasibles a la capitulación y posterior anexión de Veyes. Sólo la ciudad vecina de Tarquinii, un poco más al norte, ayudó brevemente a Veyes, aunque no evitó el desenlace final.

El declive de etruscos, griegos y cartagineses y el auge de Roma

Mientras tanto, griegos y cartagineses vivían continuamente en tensión y con esporádicas escaramuzas, especialmente en la isla de Sicilia, cuyo control se repartían. Por su parte, las ciudades etruscas estaban aliadas a Cartago frente al enemigo común que constituían las ciudades griegas del sur de Italia y Sicilia. Unas ciudades que adolecían del mismo problema de falta de unión que las etruscas. Las tres potencias intentaban por todos los medios conservar sus posesiones y fueron bastante reacias a dar rienda suelta a su afán expansionista.

Roma, para anexionar a Veyes al ager romanus (1), había creado una auténtica máquina militar que sin embargo, de nada le sirvió cuando en 390 a.C. una banda de galos senones, a cuyo mando estaba un tal Brenno, irrumpió por el norte de la península Itálica a través de los Apeninos, y cruzando Etruria se presentó ante las puertas de Roma. Cerca de la ciudad, junto al río Allia, tuvo lugar la batalla entre galos y romanos donde estos últimos sufrieron una espectacular derrota que dejaba la ciudad a merced de los invasores. La fecha de esta batalla, el 17 de julio, quedó marcada para siempre en el calendario romano como dies ater (día negro). Los galos entraron en Roma y saquearon e incendiaron la ciudad, tras lo cual la abandonaron y regresaron al norte.

Este dies ater en vez de desmoralizar a la ciudadanía romana produjo el efecto contrario y tras una serie de alianzas y luchas, en 50 años Roma lograría anexionar los territorios de la liga latina (2), haciendo del Lacio una pequeña nación con un ejército importante bajo el control de Roma. Era el 338 a.C. y los objetivos romanos estaban más allá del Lacio, miraban a la otra gran confederación de la península Itálica, los samnitas, con quien habían firmado un tratado en 354 a.C. para conseguir dominar a la liga latina. Fueron un total de tres conflictos bélicos, las llamadas “guerras samnitas”, que acabaron con el total sometimiento del Samnium en 290 a.C. Etruria, por su parte, había perdido ya gran parte de su influencia en la zona en un declive insalvable.

Los tratados con Cartago

Para entender mejor los primeros contactos de Roma con los cartagineses tenemos que retrotraernos hasta la ya mencionada anexión de Veyes. Tras ésta, y en una época en la que la situación con la liga latina no era la idónea, Roma comenzó a mirar hacia las ciudades etruscas y en especial a la cercana ciudad de Caere, a la que ofreció su amistad y colaboración. Resulta realmente extraño este acercamiento, pero se da la situación de que ya con anterioridad las relaciones entre Caere y Roma habían sido buenas incluso durante el asedio de Veyes, donde Caere pudiera considerarse que fue prorromana. Más tarde, cuando Roma fue saqueada por los galos, la tradición romana cuenta cómo las vírgenes Vestales huyeron con los objetos sagrados de la ciudad y encontraron refugio en esa ciudad etrusca.

El tratado con Caere trajo la enemistad de la ciudad griega de Siracusa, la cual había desafiado abiertamente a los etruscos, aliados de Cartago, e incluso había atacado la costa meridional de la península Itálica donde se encontraba Caere. En ese momento, Roma se encontraba de bruces con un enfrentamiento con la principal potencia griega en el Mediterráneo occidental, Siracusa, y para evitar males mayores recurrió a la firma de un tratado con Cartago, principal enemigo de Siracusa, en 348 a.C. refrendándolo poco después, en 343 a.C. Unos tratados que de poco sirvieron a Cartago después.

Primeros contactos de Roma y Egipto, guerra contra Tarento

En el primer cuarto del siglo III a.C. el teatro de operaciones en el Mediterráneo occidental se trasladó al sur de Italia y a la isla de Sicilia, donde griegos y cartagineses seguían disputándose su control. Por esas mismas fechas, en Egipto, la recién creada dinastía Ptolemaica tuvo en el trono a dos de sus más importantes reyes, Ptolomeo I Sóter, que fue faraón del 305 al 285 a.C. (3), y Ptolomeo II Filadelfo, que reinó del 285 al 246 a.C. (4).

Guerra contra Tarento. Pirro, rey de Epiro

Durante la tercera y última guerra samnita Roma contó con un nuevo aliado, los lucanos, situados en el sur de la península Itálica. Pero tras el desarrollo de las acontecimientos, los lucanos vieron en Roma a un nuevo enemigo y la alianza quedó reducida a cenizas. Fue en ese instante cuando los habitantes de la ciudad griega de Thurioi (5), amenazada por los lucanos, sintieron que Roma sería un importante aliado para su salvación. Los nobilitas romanos consiguieron que el senado enviase tropas en su ayuda. La liberación de Thurioi se produjo en 282 a.C. y Roma dejó una guarnición para su protección.

Tarento, la tradicional ciudad protectora de la liga de ciudades italiotas, vio en esta acción romana una clara intromisión en sus intereses, iniciando una serie de acciones hostiles que acabaron con parte de la flota de diez barcos que Roma había enviado a Thurioi, y expulsaron a las guarniciones romanas de esta ciudad. El casus belli estaba servido y las dos partes se prepararon para la lucha.
Tarento reunió a los enemigos de Roma, samnitas y lucanos, y recurrió también al griego Pirro, por aquel entonces rey de Epiro y quizás uno de los mejores generales de la historia. Roma por su parte se alió a las ciudades griegas de Rhegion, Lokroi y Thurioi en contra de Tarento. Era el súmmum del despropósito, con Tarento aliado a sus tradicionales enemigos y en el lado contrario con Roma aliada con las ciudades compañeras de liga de Tarento.

En 280 a.C. Pirro desembarcó en la península Itálica con sus falanges macedonias y una veintena de elefantes desconocidos hasta aquella época en la península. En frente se encontraban las legiones romanas, la unidad militar de Roma que tan buenos resultados le había dado hasta la fecha.

La primera batalla de esta guerra se desarrolló cerca de Heraclea y en ella las tropas epirotas consiguieron imponerse a las legiones romanas, aunque con un coste importante de vidas. Esta victoria significó un gran impulso para el general de Epiro puesto que mostró a sus aliados (lucanos, bruttios y samnitas) que uniéndose a él podían conseguir la derrota romana. Por otro lado, las ciudades griegas aliadas a Roma la abandonaron a su suerte. El camino hacia la ciudad de las siete colinas estaba abierto para Pirro.

El ejército epirota subió por la península hasta estar a pocos kilómetros de Roma, pero la hegemonía de Roma en el Lacio hizo que las ciudades latinas se mantuvieran fieles, así que Pirro poco podía hacer y decidió regresar a Tarento a pasar el invierno. En 279 a.C. los dos ejércitos volvieron a reunirse junto a la ciudad de Ausculum. De nuevo las legiones romanas sucumbieron ante las falanges macedonias de Pirro, pero éstas quedaron tan mermadas que ni siquiera pudieron perseguir a los romanos que huían. Sin duda fue una “victoria pírrica” (6). Pero el devenir de los hechos hizo que Pirro volviera la espalda a la guerra que mantenía contra Roma, quizás confiante ante la solicitud de Roma de un tratado de paz a Tarento, y abandonara la península acudiendo a la isla de Sicilia, donde las ciudades griegas estaban sufriendo el acoso de Cartago. Los cartagineses, viendo el peligro de la llegada de Pirro, acudieron al senado romano para firmar un tratado para que Roma rompiera las conversaciones de paz con Tarento y reemprendiera la batalla en Italia con el apoyo cartaginés. El nuevo avance romano hizo que Pirro volviera a la península, y en una nueva batalla (275 a.C.) sucumbiera, esta vez sí, ante las legiones  de Roma y decidiera volver a Epiro, abandonando a su suerte a Tarento y a las ciudades griegas.

En el transcurso de la guerra, Ptolomeo II recibió un mensaje de Pirro solicitando ayuda contra Roma, pero Egipto permaneció neutral y después sólo pudo hacer una cosa, felicitar al vencedor y firmar un tratado de paz con Roma. Corría el año 273 a.C. y Roma miraba más lejos, al Mediterráneo. En oriente, Egipto vivía la Primera Guerra Siria. Se avecinaba un futuro incierto en oriente, pero eso lo dejaremos para otro día.

Autor: José Hurtado

NOTAS

  1. La extensión de tierras pertenecientes a Roma y cuyos ciudadanos disfrutaban de la ciudadanía romana constituía el ager romanus.
  2. Confederación de ciudades del Lacio unidas para defenderse de los ataques externos de otras ciudades.
  3. Ian Shaw, Historia del antiguo Egipto (Esfera de los libros, 2007).
  4. Ibidem.
  5. Un antiguo tratado de Tarento con Roma establecía que los barcos romanos no podían traspasar la línea del promontorio Lacinio.
  6. Cuenta la tradición que tras la victoria, y mientras Pirro recibía las felicitaciones, exclamó “¡Otra victoria como ésta y regresaré a Epiro sin un solo hombre!”.

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